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Por fin comenzó el juicio del 11-M (Atentados de madrid- 11 de Marzo) y con él llegó la hora de la verdad en un Estado de Derecho, después de tres años de investigaciones, utilizadas en muchas ocasiones como arma arrojadiza entre socialistas y populares. El presidente del Tribunal, Javier Gómez Bermúdez, está tan convencido del interés que desde Oriente hasta Occidente despierta el juicio que puso todo su empeño para que comenzara a la hora fijada. No lo consiguió. Un incidente en la conducción de algunos de los reos hizo que la «hora de la verdad» empezara media hora más tarde. Así, a las diez y media de la mañana, los tres miembros del tribunal tomaron asiento, seguidos de un trío de fiscales y ya, de forma desordenada y con cierta algarabía, lo hicieron los letrados de acusación y defensa. Por último, llegaron a la urna blindada los 29 acusados, custodiados por un dispositivo policial que forma parte del amplio operativo desplegado desde hace días y que se ha extendido hasta por las alcantarillas. Un murmullo Cuando llegaron los procesados, las víctimas ni levantaron la voz. Sólo hubo un murmullo de curiosidad. Dieron, una vez más, muestra de saber contener las más duras de las emociones. Faltaba una hora para comenzar el juicio por el mayor atentado cometido en España cuando se dejaban caer los primeros procesados en libertad y un puñado de víctimas.
Normalidad fue la tónica de una jornada que, por su trascendencia, se esperaba que fuera mucho más concurrida y, desde luego, compleja, a juzgar por el número de abogados de acusaciones y defensas (49), que ayer compartieron algo más que estrado: su voluntad de obstaculizar la vista y de someterse a la autoridad del tribunal. Su presidente, Javier Gómez Bermúdez, cogió las riendas del proceso desde el minuto uno. No supuso ninguna sorpresa, pues ya había anunciado su intención de que el juicio echara andar y que las cuestiones que se plantearan se resolvieran más adelante. Pero antes de que todo esto sucediera era de noche en la madrileña Casa de Campo, donde dentro y fuera del edificio se desplegaban como un acordeón cuatrocientos periodistas y casi dos centenares de policías. Apenas pasadas las nueve de la mañana llegaban a la Audiencia Nacional los primeros acusados. Fueron Saed El Harrak (a quien la Fiscalía tuvo que dejar en libertad al no haber prorrogado su prisión preventiva) y el asturiano Iván Reis. Pegados a la pared, a medio metro de distancia y sin dirigirse la palabra, los dos seguían con la mirada las idas y venidas de los periodistas, a esas horas todavía únicos inquilinos en la Audiencia Nacional. «Estoy tranquilo, si no he hecho nada no tengo por qué estar nervioso», comentaba a este periódico el procesado, para quien la Fiscalía pide 12 años de cárcel por integración en organización terrorista. Tranquilos también estaban, y así lo manifestaron en los pasillos, los representantes del Ministerio Público Olga Sánchez (sobre la que ha recaído toda la investigación) y Carlos Bautista, acompañados ayer por su jefe, Javier Zaragoza. No fue el único que decidió ayer presenciar al menos la primera sesión de una vista en la que no hubo ningún incidente. También acudieron al pabellón de la Audiencia Nacional en la Casa de Campo el portavoz del Consejo General del Poder Judicial, Enrique López, y el también vocal del Consejo José Luis Requero, quien tomó asiento en la sala de vistas al lado del decano del Colegio de Abogados de Madrid, Luis Martí Mingarro. El primero no llegó a pasar a la sala de vistas. Los dos últimos la abandonaron cuando todo apuntaba a que ya nada abortaría un acontecimiento esperado por todos desde hace ya casi tres años. Sala de víctimas Sobre todo por las víctimas, para las que, además de asientos en el interior de la Sala, se había habilitado una habitación para seguir la vista por un circuito interno de televisión. El aforo de esa sala era de 150 personas, pero apenas la llenaron 75. Casi todas ellas venían de la Asociación 11-M Afectados por el Terrorismo (también su presidenta, Pilar Manjón) y sólo unas cuantas de la AVT, cuyo presidente, Francisco José Alcaraz, no acudió. El trasiego de personas era constante minutos antes del comienzo del juicio, pero el ambiente de ninguna manera respondió a la expectación política y social que había generado, no sólo por ser el mayor atentado sufrido por España, sino también porque se trata de la puesta en escena de un sumario alabado y criticado en iguales proporciones por los distintos partidos. Cuando a las diez y media de la mañana se cerró la puerta de la Sala de vistas, aquello significaba más que el comienzo del proceso. Se dejaban atrás, además, los continuos intentos por abortar el comienzo de la vista o al menos retrasarla alegando cuestiones como que la investigación está incompleta. Todas las miradas tenían un solo objetivo: la urna blindada en la que, sentados en bancos de madera, estaban 18 de los 29 procesados. Allí se encontraban precisamente los que se enfrentan a las mayores penas. Dieciocho presuntos criminales, autores del más salvaje atentado terrorista sufrido por España, se concentraban en apenas quince metros cuadrados y bajo la atenta mirada de quienes tres años después siguen pidiendo justicia. Los procesados apenas se dirigieron la palabra. Ni siquiera Antonio Toro miró a su compinche de la trama asturiana, José Emilio Suárez Trashorras, hasta el punto de que se sentaron en lugares opuestos. Tampoco el presunto autor material de la matanza Abdelmajid Bouchar (quien salió corriendo minutos antes de que sus compañeros se suicidaran en Leganés) intercambió conversación con los otros coautores: Jamal Zougam y Basel Ghalyoun. Estos dos últimos, juntos en el mismo banco, no dejaron de bostezar durante la primera sesión del juicio. Pero el aburrimiento no sólo se apoderó del marroquí y del sirio. También Suárez Trashorras se vio afectado, pero en mayor grado. El minero dio continuas cabezadas pese a que este juicio sí que va con él, al ser el procesado que acumula la mayor petición fiscal: 38.670 años. Cuando no dormitaba, no dejaba de morderse las uñas de su mano izquierda. Ni esa ni la derecha llevaban su alianza de boda, la que recibió de Carmen Toro, hermana de Antonio, en 2003. Pero no fueron los únicos procesados que se aburrieron durante la lectura de la declaración judicial de «El Egipcio». Mientras Trashorras apoyaba su cabeza en el cristal de la urna, otro grupo de procesados se iban pasando los cascos para oír al intérprete como parte de un juego. Botón de muestra de la integración de los miembros de la célula del 11-M en la sociedad española es el hecho de que sólo seis de los 29 procesados utilizaron cascos para que un traductor simultáneo les diera cuenta de lo que sucedía en el juicio. Curiosamente, los que necesitaron la ayuda del intérprete fueron los que están considerados como ideólogos de la matanza: Hassan El Haski, Youssef Belhadj y Rabei Osman «El Egipcio», el único que declaró ayer, aunque sólo respondió a su defensa. Tras el primero de los recesos, Zougam fue el primero en volver al habitáculo blindado. Allí, con una actitud chulesca, se dirigió al policía que cuestodiaba el habitáculo blindado para quejarse de que los bancos no tuvieran respaldo y llevó su mano a la altura de las lumbares para exteriorizar su protesta. No le sirvió de nada, por lo que se limitó a robarle el sitio a Trashorras, que tenía a su espalda la pared. Al terminar la vista no fue este policía, sino una niña la que se enfrentó al presunto terrorista. Coincidía en el tiempo con el final de la sesión de la mañana.
ABC-16-02-07
Vídeos del juicio
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